A Pamplona no le sienta nada bien el verano. Esta mañana la ciudad se despertó enternecida por una bruma y una media luz de amanecer que dibujaban las piedras del casco viejo con una perspectiva difuminada como si de un Turner se tratara. El repiqueteo de las campanas de San Saturnino se amortiguaba contra las nubes, que formaban la habitual chapelita sobre la cabeza de Pamplona. Las campanas celebraban la llegada del otoño y despedían un verano pegajoso.
En verano esta ciudad se vuelve esquizofrénica. De la barbarie y la bacanal de la primera quincena de julio se pasa al abandono desértico de agosto. Durante los sanfermines, Pamplona se engaña a sí misma al mirarse en el espejo mientras viste una máscara bufonesca y ridícula: es como una rata de biblioteca que de repente quisiera ser el más marchoso de la fiesta y no sabe cómo se hace, así que tiene que parecer el más estrambótico y desinhibido. En el ‘pobre de mí’ llega el llanto desesperado del que se da cuenta de que la sociedad pamplonesa es un agujero negro en el que –si eres navarro– estás condenado a vivir bajo su opresivo influjo o escapar de su fuerza gravitatoria. Y el reloj, la cuenta atrás del Kukuxumusu al final de la calle Estafeta, como símbolo inexorable de la desesperación pamplonesa por un momento más, uno más, en el que poder escapar durante una semana de su condición; el reloj como una cuenta atrás de un fin del mundo esperanzador.
Pero al fin llega el otoño. El verano no le sienta nada bien a Pamplona. Pero el frío sí. El frío y la lluvia son su condición natural. Son algo más que una metáfora de su espíritu. El frío y la lluvia son su espíritu.
El profe Pamuk
Hace 15 horas


3 comentarios:
Bravo. Veo que lo vas pillado. Lo has definido perfectamente. A mí me gusta mi ciudad porque soy de aquí, porque crecí aquí, porque aquí tengo mis recuerdos... como me gustaría el pueblo más perdido del mundo por idéntica razón. No me engaño. Los que vienen a esta ciudad y se tienen que quedar al menos durante una temporada, son los que más mérito tienen. No sé si es bonita o fea, agradable o desagradable. Por eso mola cuando la describís desde fuera, para que nos demos cuenta de algo los de dentro.
¡¡¡Buff!! Wesley, has calado esto mejor que la niebla a la ciudad. Me resulta un poco deprimente porque así es como recuerdo yo esta ciudad: por favor que se acabe el verano y que llegue el invierno, el frío, la nieve, la lluvia...
Entonces propongo que cambiemos las fiestas de la ciudad: nada de fiestas de verano, nada de San Fermín. Celebremos, bien avanzado el otoño, al verdadero patrono de la ciudad, a Saturnino / Cernin. Juntémonos todos de víspera en la plaza del ayuntamiento el 28 de noviembre, a las 12 del mediodía, bajo la lluvia y los paraguas, saltando con katiuskas y litronas de cava al grito ritual de "¡San Cernín! ¡San Cernín!" Toda ciudad tiene su temperamento y su destino.
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