El otro día (qué expresión tan socorrida y tan vacía) entré en una discusión cibernética, facebookiana, sobre asesinos y artículos periodísticos, donde acabé diciendo que Hitler no era un monstruo, sino un hombre muy malvado. Las diferencias son evidentes, creo, porque la palabra monstruo no permite paliativo alguno como no permite la concepción de algo humano dentro de sí. Incluso el hecho de recordar que Hitler era un hombre parece golpear (sí sí, golpear, así, tal cual) las susceptibilidades de más de uno y más de dos, que no aceptan que en una cabeza humana quepa tanta maldad.
Intentaba yo razonar lógicamente cuestiones sobre la inocencia y la fatalidad del monstruo, sobre la culpabilidad inexcusable del hombre, pero ahora me doy cuenta de que es casi inútil. ¿Por qué? Porque la posmodernidad ha hecho de Hitler un nuevo Satán. Hitler se ha convertido ya en un mito, y no en un mito cualquiera: Adolf Hitler es el mito demónico, el mito de la fuerza del mal en el mundo; lo que antes representaba Satanás, hoy en día lo es Hitler. Y, si lo pensamos, tiene sus razones.
Después de las revoluciones de finales del XVIII y del XIX, de las esperanzas de democracia e incluso de las imposiciones de la democracia, la peor pesadilla de la nueva sociedad sólo podía ser una resurrección de sus antiguos monarcas absolutistas, de la figura del tirano, pero una resurrección... cómo decirlo... mucho más sofisticada... mejorada (que en este caso es, en realidad, empeorada). Y ahí apareció Hitler, al que hemos convertido en la personificación perfecta del mal, en el nuevo mito de Satán. Toda sociedad necesita una personificación del mal, la nuestra es él.
Esto, por supuesto, lleva también a la creación de mitos mesiánicos, de índole democrática, como Kennedy o Barack Obama. El primero incluso murió joven, como un cordero sacrificial, y todos recordamos las muchedumbres que asistieron a la investidura del primer presidente negro de los EE.UU. En España, incluso, tenemos nuestro propio periodo mesiánico, nuestro año cero: la Transición, a la que todos miramos con reverencia (tal vez, en un alarde de valentía, podríamos decir que la II República representa el paraíso perdido, el Edén, hecho añicos por la serpiente Franco y recuperado con el advenimiento de la Transición).
Por desgracia, la mitología social aceptada sin crítica y, más aún, sin conocimiento de lo que se está asumiendo, es un arma poderosa y peligrosa. Pensar que Hitler era un monstruo y no un hombre, convertirlo en mito, puede ser interesante si entendemos su carácter simbólico, pero puede ser socialmente demoledor; porque pensar que Hitler era un monstruo sólo engendrará más hitlers, hitlers en miniatura quizá, pero hitlers.
Todos los marzos
Hace 49 minutos


4 comentarios:
un hitlerito
Wesley, cada día te superas.
Me gusta, me gusta y me gusta tu entrada.
Te recomiendo leer el libro de Ian Kernshaw, titulado Hitler (dos volúmenes). El historiador judío se aproxima a Adolf Hitler como persona y trata de analizar cómo llegó a ser lo que fue.
Hitler no fue lo que fue sólo por sí sólo. La sociedad que lo jaleaba y ahora lo demoniza (no es que sea un santo), fue la que, a través del voto, lo llevó al `poder.
Ahhhhh, no es Jose el que dice lo que pone arriba, soy Marian, su mujer. Pero Jose no ha salido de su perfil. O sea, que no sé si a Jose le gusta tu entrada.
Lo peor de todo ha sido el trauma de verme con barba.
Marian
Heil, Wesley, yo sí soy JB, no como el intruso que me robó la identidad dos comentarios más arriba.
Y si abordáramos literariamente el asunto de este señor? (sí, "señor") Qué tal unas nuevas Vidas Paralelas, "Hitler y Stalin"? Ah, lástima que la idea de esa pareja ya se le ocurrió a alguien (mira en http://elfestindehomero.blogspot.com/search/label/51.%20Plutarco).
No, mejor buscar un contraste heavy, una antítesis como... "Hitler y Obama". A fin de cuentas, los dos llegaron al cargo por vías democráticas.
Bueno, si Hitler me oye que lo emparejo con un negro (I'm sorry, un afroamericano), del susto se muere otra vez. katà tòn daímona heautoû.
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